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El hijo del presidente del club Escardale es gay y odia vivir
con su padre.
Su padre se levanta todos los días, entre las seis y las seis y
diez, con ese humor de perros que conserva desde la muerte de su esposa y
sus otras dos hijas.
Jordi puede identificar cada uno de los movimientos del
hombre, por sus ruidos. Que golpee la puerta de la habitación, por
ejemplo, indica que se levantó. Que aporree la puerta del pasillo, es señal
de que se dirige a la cocina. Una vez allí, deja caer el cuchillo de
untar, el cuchillo para el pan, la cucharita y la taza en la pileta de
acero inoxidable. Con un movimiento brusco, que produce un chirrido seco,
gira el grifo. El chorro de agua azota con fuerza los utensilios. Luego,
cruza el pasillo con la radio portátil a cuestas, clavada en el 630 AM
del dial, la deja en su habitación y, dando una patada, abre la puerta
del placard, saca su traje, y tira al suelo la percha, que resuena sobre
el parquet. Ya cambiado, vuelve a la cocina. Mecánicamente, extrae de la
pileta: primero la taza, que repiquetea con fuerza sobre la mesa de fórmica,
a continuación la cucharita y por último los cuchillos.
Los chirridos de los goznes indican que busca el
pan. Cuando la goma de la puerta de la heladera se estrella contra
el borde del refrigerador, Jordi sabe que busca la manteca. El pitido de
la cafetera anuncia que la infusión está lista.
Las patas de la silla rechinan, cuando las arrastra sobre el
piso. Entonces sigue un breve silencio que señala el momento del
desayuno. Segundos más tarde aporrea las puertas nuevamente y en el
siguiente orden: primero la del pasillo, luego la de la cocina y
finalmente aquella que lleva al patio. Este recorrido puede repetirse en
ocasiones en las que se olvida algo, incluso hasta dos o tres veces,
porque su padre tiene una habilidad especial para olvidar todo aquello que
es más o menos importante.
El motor del auto ruge con fuerza y una nube espesa,
irrespirable, de monóxido inunda el garage y se propaga por toda la casa,
hasta que llega a la habitación de Jordi. El puede sentir como su
garganta se cierra y un sabor ácido recorre su boca.
***
Esa mañana, el rito se cumple como de costumbre. El hombre azota
la puerta de la habitación, luego la del pasillo, una vez en la cocina
hace rodar la taza y los cubiertos en la pileta, y un chorro furioso de
agua los envuelve. En seguida, cruza el pasillo con la radio que grita el
informativo.
Jordi sigue mentalmente cada uno de sus movimientos. Cuando
la percha rueda por el piso sabe que recién empezará a cambiarse.
Entonces, se levanta. Sigiloso, se dirige al armario de los escobillones,
debajo de la escalera, busca el frasco de Ratac, entra a la cocina,
abre el recipiente, introduce una pizca del polvo en el café que humea en
la máquina y regresa a su habitación, con el recipiente bajo el brazo.
Atento, se agazapa detrás de la puerta y espera hasta que su padre
regresa a la cocina. Nuevamente allí, él hombre toma la taza y los
utensilios de la pileta y los deposita estruendosamente sobre la mesa.
El chillido de la puerta de la alacena, el impacto de la
puerta de la heladera, y el rechinar de las patas de la silla indican que
se dispone a desayunar.
Jordi corre en busca de su lápiz labial y pinta su boca de
azul profundo, recordando los insultos de su padre la vez que lo vio
maquillado. Revuelve en su placard y se calza el conjunto de raso negro
que era de su madre, se sube la falda y deja al descubierto aquella piel pálida
y maltratada, da unos breves golpecitos sobre la vena saliente de su
ingle, hunde la aguja en su carne que chupa la sangre y aliviana la vena,
luego descarga el líquido carmín espeso de la jeringa sobre su frente y
dibuja, con él, una cruz. Respira profundo, intenta abstraerse de los
ruidos y el sonido de la radio.
Carga la jeringa con el Ratac diluido, la hunde sobre
la vena y, a medida que el veneno se introduce en su sangre, se
contorsiona, jadea, a su alrededor las cosas comienzan a perder nitidez,
un color anaranjado rojizo se apodera de sus ojos, fatigado empuja el líquido
restante en su torrente sanguíneo, se desliza a tientas hasta la cama y
confundido se desploma. Su garganta se va cerrando poco a poco, siente en
todo el cuerpo un dolor que lo desgarra, y se convulsiona por dentro. No
logra saber si puede moverse, cree que
no. Los ecos de la radio se cuelan en su mente y se mezclan con las ideas
desordenadas, fugaces que lo asaltan. Una intensa puntada le comprime el
centro del pecho, intenta gritar, pero su voz ya se apagó.
De repente suena el teléfono. Su padre mira la hora. Lleva
un cierto retraso y detesta tener que llegar tarde al club, pero tiene un
presentimiento, guiado por la esperanza de que sean noticias de esos
negocios pendientes, y atiende. Se equivoca: quienquiera que fuera oyó su
voz y colgó. Apresurado, toma su saco y un par de rebanadas de pan algo
quemadas de la tostadora, cierra la puerta y se dirige al garage. Hace gruñir
el motor de su auto, los gases invaden la casa y parte furioso,
maldiciendo por aquel llamado inoportuno que lo dejó sin su sagrado café.
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del concurso El hijo del presidente
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