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El hijo del presidente:

El cuento ganador

 

EL NÚMERO EQUIVOCADO

           por Ana Lema, de Ciudad de Buenos Aires

 

  El hijo del presidente del club Escardale es gay y odia vivir con su padre. 

     Su padre se levanta todos los días, entre las seis y las seis y diez, con ese humor de perros que conserva desde la muerte de su esposa y sus otras dos hijas.

     Jordi puede identificar cada uno de los movimientos del hombre, por sus ruidos. Que golpee la puerta de la habitación, por ejemplo, indica que se levantó. Que aporree la puerta del pasillo, es señal de que se dirige a la cocina. Una vez allí, deja caer el cuchillo de untar, el cuchillo para el pan, la cucharita y la taza en la pileta de acero inoxidable. Con un movimiento brusco, que produce un chirrido seco, gira el grifo. El chorro de agua azota con fuerza los utensilios. Luego, cruza el pasillo con la radio portátil a cuestas, clavada en el 630 AM del dial, la deja en su habitación y, dando una patada, abre la puerta del placard, saca su traje, y tira al suelo la percha, que resuena sobre el parquet. Ya cambiado, vuelve a la cocina. Mecánicamente, extrae de la pileta: primero la taza, que repiquetea con fuerza sobre la mesa de fórmica, a continuación la cucharita y por último los cuchillos.

     Los chirridos de los goznes indican que busca el  pan. Cuando la goma de la puerta de la heladera se estrella contra el borde del refrigerador, Jordi sabe que busca la manteca. El pitido de la cafetera anuncia que la infusión está lista.

    Las patas de la silla rechinan, cuando las arrastra sobre el piso. Entonces sigue un breve silencio que señala el momento del desayuno. Segundos más tarde aporrea las puertas nuevamente y en el siguiente orden: primero la del pasillo, luego la de la cocina y finalmente aquella que lleva al patio. Este recorrido puede repetirse en ocasiones en las que se olvida algo, incluso hasta dos o tres veces, porque su padre tiene una habilidad especial para olvidar todo aquello que es más o menos importante.

     El motor del auto ruge con fuerza y una nube espesa, irrespirable, de monóxido inunda el garage y se propaga por toda la casa, hasta que llega a la habitación de Jordi. El puede sentir como su garganta se cierra y un sabor ácido recorre su boca.          

               

                                               ***

                 

      Esa mañana, el rito se cumple como de costumbre. El hombre azota la puerta de la habitación, luego la del pasillo, una vez en la cocina hace rodar la taza y los cubiertos en la pileta, y un chorro furioso de agua los envuelve. En seguida, cruza el pasillo con la radio que grita el informativo.

      Jordi sigue mentalmente cada uno de sus movimientos. Cuando la percha rueda por el piso sabe que recién empezará a cambiarse. Entonces, se levanta. Sigiloso, se dirige al armario de los escobillones, debajo de la escalera, busca el frasco de Ratac, entra a la cocina, abre el recipiente, introduce una pizca del polvo en el café que humea en la máquina y regresa a su habitación, con el recipiente bajo el brazo. Atento, se agazapa detrás de la puerta y espera hasta que su padre regresa a la cocina. Nuevamente allí, él hombre toma la taza y los utensilios de la pileta y los deposita estruendosamente sobre la mesa.

      El chillido de la puerta de la alacena, el impacto de la puerta de la heladera, y el rechinar de las patas de la silla indican que se dispone a desayunar.

     Jordi corre en busca de su lápiz labial y pinta su boca de azul profundo, recordando los insultos de su padre la vez que lo vio maquillado. Revuelve en su placard y se calza el conjunto de raso negro que era de su madre, se sube la falda y deja al descubierto aquella piel pálida y maltratada, da unos breves golpecitos sobre la vena saliente de su ingle, hunde la aguja en su carne que chupa la sangre y aliviana la vena, luego descarga el líquido carmín espeso de la jeringa sobre su frente y dibuja, con él, una cruz. Respira profundo, intenta abstraerse de los ruidos y el sonido de la radio.

     Carga la jeringa con el Ratac diluido, la hunde sobre la vena y, a medida que el veneno se introduce en su sangre, se contorsiona, jadea, a su alrededor las cosas comienzan a perder nitidez, un color anaranjado rojizo se apodera de sus ojos, fatigado empuja el líquido restante en su torrente sanguíneo, se desliza a tientas hasta la cama y confundido se desploma. Su garganta se va cerrando poco a poco, siente en todo el cuerpo un dolor que lo desgarra, y se convulsiona por dentro. No logra saber si puede moverse, cree  que no. Los ecos de la radio se cuelan en su mente y se mezclan con las ideas desordenadas, fugaces que lo asaltan. Una intensa puntada le comprime el centro del pecho, intenta gritar, pero su voz ya se apagó.

   De repente suena el teléfono. Su padre mira la hora. Lleva un cierto retraso y detesta tener que llegar tarde al club, pero tiene un presentimiento, guiado por la esperanza de que sean noticias de esos negocios pendientes, y atiende. Se equivoca: quienquiera que fuera oyó su voz y colgó. Apresurado, toma su saco y un par de rebanadas de pan algo quemadas de la tostadora, cierra la puerta y se dirige al garage. Hace gruñir el motor de su auto, los gases invaden la casa y parte furioso, maldiciendo por aquel llamado inoportuno que lo dejó sin su sagrado café.

 

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