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La segunda guerra mundial se resumió, para la gente del pueblo, en los
recortes que Pepe el del comisariato pegaba en la pared, que hablaban de
países tan abstractos como Alemania e Inglaterra, de personas tan
ilusorias como habían de ser los judíos.
Esto se sabía de la guerra: que
no podía ser buena, y que solo gente sin ocupación, que no tenía que
trabajar al campo de sol a sol para comer, podía meterse en esas cosas.
Entonces un día, desde San José en camión, llegó Manuel Chinchilla
con un uniforme entre verde y gris, con un fusil y una gorra.
Había estallado la guerra civil.
Era 1948.
El fusil fue lo que más sensación causó; Manuel jamás consiguió
quitarse de encima a los primos y hermanos, que traían vecinitos a tocar
“el arma” y “las municiones”, un cinturón estriado que colgaba de
su brazo. Manuel era
partidario de Figueres, y su misión era controlar levantamientos
populares y a los partidarios de Calderón.
Incluso, en último caso, eliminar a los extremistas.
“¿Quiénes son los extremistas?”, le preguntó Arturo Chinchilla a
su hijo. “Los que están en
contra de los ideales.” “¿Qué
son los ideales?”. Manuel
empezó a pasar el día entero en la plaza, lejos de su familia, que parecía
ser inmune a la nueva persona que él era, tratando de detectar
“elementos sospechosos”.
Las noticias que empezaron a llegar eran sorprendentes, y dejaron de ser
lejanas cuando un grupo de Figueres, con ametralladoras que disparaban al
aire en la plaza, se instaló por unos días en el pueblo. Manuel en el centro, pues él estaba a cargo, discutiendo cómo
la revolución había nacido en La Lucha, la finca de Figueres, porque
Calderón había intentado hacer un fraude electoral.
Unos cuarenta hombres del pueblo habían huido a las peñas a
esconderse para evitar ser reclutados.
Manuel organizó una redada con “sus hombres”, para ir a sacar
a los pendejos de entre los cafetales; se alistaba para salir un día a
las ocho de la noche, con tal de sorprenderlos durmiendo, cuando su madre,
Graciela, pequeñita como era, se le plantó en la puerta de la casa,
impidiéndole el paso. “No te vas a las montañas”, le advirtió.
“Los que se fueron, se fueron.
Si vos los vas a traer, y los matan por esta babosada, es sobre tu
alma que quedará el crimen”. Pero lo de ella no era una simple advertencia, porque en ningún
momento, mientras Manuel tuvo en sus manos el rifle y las
“municiones”, se movió de esa puerta.
Cuando los hombres vinieron por Manuel, él les comunicó que la
misión se cancelaba por ahora. No
habló con ellos más de cinco minutos, y ese tiempo bastó para que las
balas desaparecieran para siempre. Maldijo
y juró, y registró la casa de arriba abajo.
No hubo manera.
Entonces mataron a un hombre muy importante en Paraíso, y los hombres de
Manuel tuvieron que partir, dejándolo de nuevo a cargo del pueblo.
Ahora que el peligro parecía haberse alejado, bajaron los hombres
de las peñas, los niños empezaron a jugar con ramas hechas rifles, y los
ancianos empezaron a defender una causa u otra en la cantina o durante los
partidos de fútbol. Unos
apoyaban a Figueres, porque aunque nunca habían votado por nadie, no era
de caballeros lo del fraude electoral, y había que luchar por los
ideales. Otros iban con
Calderón, porque de él siempre habían oído que era un doctor del
pueblo, y si uno tiene que hacer un fraude electoral para conservar los
ideales, se hace.
El problema estaba, de hecho, en los ideales. ¿No era por lo mismo que luchaban los dos señores?
Se parecía tanto lo que ambos querían, que Manuel terminó por
decir que Figueres luchaba porque esas peñas, esos cafetales del gringo
que rodeaban el pueblo, fueran para siempre suyos.
Hasta el momento pocos habían considerado la posibilidad de que
esa tierra no fuera en realidad suya, que alguien se las pudiera quitar.
¿Era ese el plan de Calderón?
“Claro”, se rió Arturo Chinchilla, “si se van a llevar con
tractor las peñas”.
Manuel recurrió entonces a los socialistas, a los que no creían en
Dios, y afirmaban que los que tanto se habían esforzado por comprar una
vaca no eran en realidad sus dueños.
Esos, esos sí que merecían una de las balas de dos pulgadas entre
los ojos. “Que Dios me
perdone, pero es mi deber”, le dijo Manuel a su madre.
Ella se encogió de hombros. “Qué
necio, que yo no las tengo”, respondió.
Una tarde Manuel, el rifle apoyado en un tronco, le ayudaba a su padre a
bajar una carga de leña de la montaña, cuando se encontraron con los
cuarenta pendejos que volvían a su escondite de la montaña. La gente de Calderón había llegado al pueblo, y ellos también
andaban reclutando gente. Le
pidieron a Arturo que le recordara a Jaimito mandarles el almuerzo con los
chiquillos, y siguieron para arriba.
Cuando llegaron abajo, los calderonistas estaban en media plaza,
disparando las ametralladoras al aire.
Manuel pasó frente a ellos, el rifle colgando de la espalda, con
su carga de leña, y entró en su casa.
Ya no tenía sentido buscar las balas.
Se encerró en su cuarto para rezar un poco, antes de que vinieran
por él, porque su destino sería ser un mártir de su causa.
Por lo menos, la suya era una causa justa, que habría de triunfar
al final, y su nombre sería uno de esos que se les enseñan a los
chiquillos en la escuela. Cuando
tocaron a la puerta, estuvo de un salto en la sala, pero no antes que su
madre, que abrió la puerta y se plantó, sólida como un roble, en el
dintel.
El teniente, gorra en mano, terminó tomando café con tortillas en la
casa, y disculpándose por las molestias ocasionadas. Al día siguiente partieron los calderonistas, y al anochecer
volvieron a bajar los hombres de la montaña.
Manuel ya no sacó más su rifle inútil, pues su madre le había
quitado el gusto a lucirse con él por la plaza.
Una semana después acabó la guerra.
Figueres desfiló por Cartago, por San José, por Heredia.
Calderón salió del país. A
Manuel le quedó el uniforme pero el arma se la confiscaron, porque
Figueres, sabio como solo él podía serlo, abolió el ejército en Costa
Rica.
Desde entonces solo nos apasionamos con el fútbol.
¿No nos vieron botar goles en Corea?
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Concurso "Cuentos de guerra"
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