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Durante toda la noche Delfín
Sotomayor se dejó arrastrar por la desesperación. En los pocos momentos
en que el sueño le quitó la conciencia se vio atormentado por retazos de
pesadillas. Con dos enormes ojeras, el pelo desarreglado y las manos
temblorosas, se enfrentaba al nuevo día que nacía.
Mabel Fenzel, su mujer, le sirvió el
desayuno a disgusto, torciendo el rostro en un mohín de fastidio. El notó
la violencia solapada de su mujer, y sus nervios maltrechos, debilitados
por la falta de sueño, predispuestos a los ataques exteriores, sacudieron
su cuerpo como una ráfaga eléctrica. El café, humeante, dulce, le trajo
al cuerpo un alivio momentáneo.
Apenas se levantó de la cama, los objetos
del mundo, insignificantes o evidentes, tomaron de pronto una relevancia
inusitada. La suavidad de las sábanas de raso, las ondas de las cortinas
de lino, la luz de un nuevo día, el paso solitario de una hormiga junto a
sus zapatos, la forma del humo que subía del café, todo parecía vivo y
reclamaba su enfermiza atención. Todo le traía a su espíritu una extraña
inquietud.
Se tomó todo el café, pero no comió
nada. No tenía hambre. Tampoco tenía ganas de hablar.
–Hace varios días que no hablas ni
duermes –dijo su mujer–. Desde que tu General perdió la guerra.
–Todavía esto no termina.
–Mañana se termina –dijo la mujer con
expresión rencorosa–. Mañana.
Fue a la ventana del salón de recepciones
y espió la calle y la plaza. Su mirada fue hacia donde se erguía el
busto de Pedro de Valdivia para ver si su cuerpo yacía acribillado por
las balas. Suspiró con alivio. Pero luego su mirada volvió a moverse.
“Como siempre, ahí está”, pensó mientras miraba el taxi
destartalado, parado enfrente de la iglesia. Desvió otra vez los ojos
hacia el busto de Nicolás Mascardi, detrás de dos hileras de tilos, y
sintió que entre él y el jesuita había una afinidad de destinos, que
ambos habían entregado sus vidas para civilizar a
salvajes ingratos.
Salió a la calle. El colectivo de las
siete y media que provenía de Puerto Belgrano pasó frente a sus ojos con
destino a Villa San Martín. El chofer, un hombre de bigotes, no le alzó
el brazo en señal de saludo. La enemistad áspera de su mujer y la
indiferencia del chofer confirmaron sus presentimientos. “Se empieza a
avinagrar todo”, pensó, suspirando con desaliento.
De su boca, semicubierta por una
bufanda, subía un vapor tenue. Los gorriones, bulliciosos, se agitaban
felices, y él se sentía ajeno a esa alegría, a ese movimiento, a ese
nacer palpitante de la naturaleza. Sus pasos eran lentos como el andar de
las carretas de bueyes que venía de los campos, cargadas de leña o carbón.
Avanzaba con desconfianza, temeroso de percibir la reacción del entorno.
Ahora comprendía. Siete años de impunidad
lo habían vestido con el ropaje ilusorio de una divinidad pagana. Ahora,
sin la protección del uniforme militar, se sentía desnudo. “Desconfíen
de los privilegios terrenales porque en la comarca de los iguales la ira
puede no ser un mal atributo”, había dicho el padre Severino de
Andrade, con su verborragia oscura, en el sermón del último domingo, y
él, el intendente de la dictadura durante más de un lustro, sabía que
esas palabras atacaban su investidura y cargaban una amenaza. El peligro
se ramificaba. Ya no había lugar para estar seguro.
Cruzó a la plaza. A poco andar, frente a
la iglesia, estuvo cerca del taxi de Graco Zamora, el marxista andrajoso.
Pasó sin mirarlo, sintiendo la presencia pringosa llena de burla y
consuelo en su espalda. De adentro del taxi se escapó el ruido apagado de
una carcajada, al menos así le pareció. Un escalofrío le recorrió la
espalda como agua hirviente. Luego, tieso, inmovilizado, desvió la mirada
hacia el taxi. Sentado tras el volante Graco Zamora sonreía. El
intendente escudriñó de reojo el parabrisas. En un papel pegado con
cinta adhesiva leyó:
Que
llueva sobre lo informe,
que
ensucien los uniformes
festejados.
Castigo
venga conforme
con
la ley del inconforme
sublevado.
Estremecido, el intendente vio el perfil sonriente de Graco Zamora.
Cerró los ojos un instante y apretó las manos para reprimir el temblor.
Contra esa insolencia no podía luchar. Comprobó, con horror, que en su
último día de mandato ya no tenía poder, ya no amedrentaba a nadie.
Cualquiera pisoteaba su orgullo, se cagaba en su dignidad de enemigo en
retirada. Un escalofrío le hormigueó en la espalda.
Ahora se daba cuenta de algunas cosas. Ahí
estaba Graco Zamora, altivo sobre su enclenque resistencia. Ante sus ojos
impotentes esa valentía cobraba una dimensión descomunal. El tiempo había
pasado muy rápido. Siete años. El, en cambio, sabía que sólo era capaz
de una resistencia organizada, junto a individuos que defendieran sus
mismos intereses, en la perspectiva segura de un triunfo. Despreciaba la
voluntad romántica y la lucha indefinida; de ese profundo desprecio
emanaba toda su cobardía. No por nada era parte de un poder nacional, un
poder que él creía invencible y que podía ser defendido con todas las
armas de la nación. No menos dolido que enfurecido pensaba que el General
claudicaba de una manera indigna, acosado por los marxistas, él, que con
sólo alzar la mano podía sacar los militares de los cuarteles. El, que
podía dejarlo otra vez al frente de la municipalidad, para castigar a los
subversivos andrajosos, como el abúlico taxista.
Siguió caminando. El miedo le revolvía
los intestinos, le helaba la sangre. Le hacía imaginar que los comunistas
lo tenían vigilado y esperaban el momento oportuno para matarlo. Anoche
soñó que Graco Zamora, junto a un grupo de indios revoltosos, lo llevaba
bajo el busto de Nicolás Mascardi y lo fusilaba sin contemplaciones. El
miedo se mezclaba al odio y juntos apuntaban a la figura del taxista
Zamora, reducían a un hombre de carne y hueso la forma insondable de un
enemigo multitudinario.
Por fin abrió la puerta de la
municipalidad y entró. Adentro de su despacho sintió un mareo. Afirmándose
en el escritorio se dejó caer en su poltrona. Estuvo unos minutos acosado
por las náuseas.
Una vez repuesto del mareo, se fue a asomar
a la ventana del balcón. Graco Zamora seguía sentado en su taxi. Delfín
Sotomayor sintió que en los Siete años de gobierno no había actuado con
suficiente mano dura contra los salvajes. Igual que el infortunado
religioso.
El
escritorio se extendía ante él como una tarima impersonal. La bandera
celeste y blanca colgaba lánguida, sin vida. El retrato del general, tan
bizarro en otros tiempos, adoptaba ahora rasgos caricaturescos. La misma
poltrona recibía sus nalgas con una dureza de madera quemada.
En la debacle de su espíritu una idea cruzó
su mente. Tenía que matar a Graco Zamora. Era el fin para él, pero también
lo sería para el taxista inmundo. Tenía que matarlo.
Abrió el cajón de su escritorio y sacó
un revólver. Era un Smith and Wesson, calibre 38, con seis balas. Lo
contempló un momento y se lo metió en el bolsillo del abrigo. Allí
esperó con los ojos entrecerrados, saboreando la agonía cruenta de su
enemigo ideológico.
En su mente se desarrollaba la situación.
El taxista, con los seis disparos en el pecho, yacía recostado tras el
volante. La sangre le salía a borbotones. Los olores de la sangre, de la
nafta y del aceite quemado enrarecían el aire. De detrás de los tilos de
la plaza aparecía Mabel Fenzel, su mujer, corriendo aterrorizada, y desde
el atrio de la iglesia cruzaba la calle el padre Severino de Andrade, para
recriminarle su locura. El horror de los demás sería su consuelo.
Quince minutos estuvo así, jugando con su
imaginación. Cuando su acto de venganza imaginario ya no le trajo alivio,
se propuso actuar. Fue hasta la ventana y miró hacia la calle. El taxi de
Zamora estaba aún allí, sucio, destartalado, exponiendo a la mañana
luminosa los versos subversivos. Acariciando el revólver en su bolsillo
bajó la escalera hasta la planta baja. Salió a la calle en el preciso
momento en que la misa de las diez terminaba.
El taxista miraba lánguidamente, apoyándose
la nuca con las dos manos. Cuando lo vio abrir la puerta, tocado por un
providencial instinto, se enderezó en el asiento y accionó las llaves
del encendido. El taxi se sacudió entero y el taxista se desatendió del
llamado de dos viejecitas con cofia que le pedían sus servicios. Aceleró
a fondo, pasó junto a Delfín Sotomayor y sacó la cabeza por la
ventanilla para gritarle:
–La vida no se da para levantar a
un muerto.
El alcalde se quedó inmóvil en medio de
la calle. Se sentía aniquilado por el desaire. Su venganza, su postrer
desquite contra todo lo que más odiaba, no se iba a realizar. El
condenado taxista había huido. Cerró los ojos, frustrado, y echó a
caminar. Mientras pasaba junto al primer tilo sintió un dulce cansancio
que le subía por los huesos y un vacío que le amedrentaba los
pensamientos. En el torbellino de ese fugaz alivio extrajo el revólver de
su bolsillo y, aún caminando, se descerrajó un tiro en la sien.
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Concurso "Cuentos políticos"
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