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"Yo, Presidente": El cuento ganador

 

YO, PRESIDENTE   

por Raquel Rodríguez Hortelano, de Madrid, España.

 

Yo, presidente. Increíble, ¿quién me mandaría presentarme a unas elecciones sin saber nada de política? Jamás volveré a hacer caso a mis padres. – ¡Con lo maja que eres y lo mona!-, me dijo mi madre, – ¡Con lo que tú lees!, me dijo mi padre. El caso es que me presenté por un anuncio que leí un domingo en el periódico: “Buscamos personas con buena apariencia y que sepan expresar en tres minutos que harían por su país”. Fui; me hicieron dos fotos, una de frente y otra de perfil, me preguntaron: – ¿Qué haría usted por su país? Sólo dude un par de segundos, –  Pues..., yo crearía muchos puestos de trabajo (mentira), instauraría leyes nuevas para acabar con los malos tratos (mentira), bajaría los impuestos (mentira), unificaría criterios partiendo de dos puntos concretos: Lo que quieras para ti quiérelo para los demás, y nunca mientas, con la verdad se llega a todas partes (mentira), pero sobre todo lo que más haría por mi país es elegir yo misma la canción del siguiente año para el Festival de Eurovisión. Eso sí era verdad. Al parecer, les gusté porque a la semana siguiente recibí un mensaje en el contestador: “Somos de la agencia encargada de elegir un perfil idóneo para la nueva candidatura de nuestro partido a la presidencia, usted ha sido seleccionada, por favor póngase en contacto con nosotros lo antes posible”. Y llamé, y a partir de ahí todo fueron guiones. Guión de protocolo, guión de vida ejemplar en el pasado, guión para que se lo aprendieran mi familia y mis amistades, guión de repuestas poco concisas para no salir en titulares por hablar de más, guión de cómo reír, guión de cómo estrechar manos, guión de no escuchar a la multitud en actos públicos. Este último fue el más difícil de aprender, porque mi imagen en las vallas publicitarias y en los medios de comunicación fue todo un éxito y la gente, cuando me veía en algún mitin, se dirigía a mí gritando “¡Contigo llegaremos lejos, Presidenta!”, “¡Nos darás trabajo, Presidenta!”, “¡Viva la nueva Presidenta!”. En fin, como pasa siempre cuando te halagan, me lo terminé creyendo; era imposible no escucharles, aquello no gustó mucho a la agencia, y estuve quince días en una clínica para bajar la autoestima. Querían una persona a la que pudieran manejar, que no les diera ningún problema. Pero en la clínica lo pasé muy mal, si no tenía autoestima no podía reírme, con lo cuál siempre estaba sería; cuando llegaban los fotógrafos contratados para realizar nuevas fotos con motivo de las elecciones, no podían hacerlas, yo siempre estaba seria, – Por favor, ¿no puede sonreír un poquito?, y si lo hacía, la risa era falsa y se notaba mucho, quedaba fatal. Al final tuvo que venir un psiquiatra extranjero para decirme que tenía que trabajar mi autoestima pero sólo un poco, lo suficiente para que pudieran seguir manejándome. Por muy complicado que pueda parecer, lo conseguí. Por el día mi autoestima era normal y por la noche me convencía que todo esto era momentáneo. Una vez que yo fuera Presidenta, todo claro; a vivir bien, a disfrutar, a enchufar a todos los que conocía y no tenían trabajo en buenos puestos, por supuesto. Que ilusa pude llegar a ser, una vez elegida Presidenta me presentaron a un señor con bigote bajito que me dijo nada más verme: – Querida Presidenta: yo estoy aquí para facilitarle a usted las cosas, todos los asuntos relacionados con el Gobierno los llevaré yo, usted sólo tiene que firmar de vez en cuando y aparecer públicamente cuando se la requiera, es pan comido, así de fácil. Bajé la cabeza y le miré, – ¿Y la canción de Eurovisión, la va a elegir usted?. – No, querida. Eso lo hará el gabinete de canciones, lo dirige mi hermano. – ¿Y yo puedo opinar? – Por supuesto que no, usted nunca puede dar su opinión. Me senté derrotada en la silla presidencial, algo se me había encendido dentro, era como un piloto intermitente, que con la luz emitía un sonido estridente que decía: “Da igual, da igual, da igual, da igual, da igual”, pero no dio igual, me puse a llorar desconsoladamente. El señor bajito con bigote sacó un pañuelo y me lo dio como si nada, no se inmutó, tampoco me preguntó por qué lloraba, ni me consoló, ni tan siquiera me dio algún golpecito en el hombro, o me dijo: “tranquila mujer”. Supe que mi carrera en la Presidencia había terminado. Un presidente tiene que tener consuelo, apoyo y mimos; su labor es muy dura y nadie se da cuenta. Cogí mi bolso, dije un “Adiós” muy bajito y me fui. Yo no quería ser presidente, quería elegir una canción para el Festival de Eurovisión que no fuera “Europe’s Living a celebration”.

 

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