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"Cuentos sobre periodistas":

Cuento seleccionado por El Escriba

Balada del pato encadenado

por Matías Stiep, Cipolletti, Río Negro, Argentina.

Aquella mañana Bertrand se despertó con un dolor muy particular. No latía en sus huesos oxidados, ni en otra parte de su cuerpo lijado por tantas hojas de almanaque. No, no era alguna dolencia típica de la edad. Era algo profundo, que laceraba lo más recóndito y visceral de su ser. Algo parecido a esas palabras se masculló a sí mismo mientras, ausente, preparaba su café irlandés. Luego vendrían los segundos en silencio contemplando el retrato amarillento de la familia destruida, la escalera acaracolada, el saludo con la vecina que todos los días lavaba inútilmente la vereda, los diarios que siempre compraba al pequeño Jacques en algún punto del camino hacia la redacción, y finalmente el cartel señorial. Un dibujo estilizado y debajo, en letras rojas, el nombre mítico: “Le Canard Enchainé”. El pato encadenado.

Contaba la leyenda que la gracia de ese pato verdoso lidiando con cadenas y grilletes había visto la luz en el atelier de Monet. Al señor Bertrand Devaux, gerente del diario nombrado en el letrero, la historia le parecía difusa, pero gustaba confiarla con toda seriedad a los periodistas ingresantes. Funcionaba como un gracioso baldazo de la realidad de un periódico consagrado a bucear en los pozos ciegos del poder más encumbrado. Y a encontrar las perlas que allí eran escondidas, para luego gritarlas a miles y miles de franceses. El mensaje siempre llegaba: gobiernos enteros naufragaron en el barro por las investigaciones de este diario, así que apenas pongas un pie adentro tenés que estar a la altura del desafío.

La sucesión de sus pensamientos hizo de embudo y Bertrand resbaló hacia Benoit Coupet. El mismo que en esos momentos dormitaba en un vagón del subterráneo, mientras dedos tímidos lo señalaban entre cuchicheos. Es él, el de la tapa de los diarios. Bertrand sabía que todo eso estaba pasando. Tanto los reconocimientos y el arribo ojeroso y tardío de Benoit, pero sobre todo lo segundo, porque el muchacho nunca traicionó a su bohemia desfachatada.  Al principio recurrió a los famosos gritos y maldiciones que bien harían temblar los cirios de una iglesia, pero aquel jovenzuelo alérgico a la puntualidad no reaccionaba como los otros novatos. En realidad desde el primer segundo en el diario fue así. Porque la cuna ilustre del letrero no hizo tragar saliva al principiante Coupet, de entonces veintipocos años, sino sonreír entre divertido y desafiante. Aquel incidente inicial valdría una rabieta del canoso director pero también el pimpollo de una convicción. Algún día y de alguna manera, este muchachuelo entrará pateando las puertas al tren de la historia. 

El tiempo iría pasando, aquella convicción entraría en letargo, y Benoit seguiría llegando a cualquier hora. Sus compañeros no tardaron en tolerarlo también, dado que sus bromas constantes eran aire fresco entre las cuatro paredes grises de la oficina. Pero pronto dejaría de ser sólo un bufón. Necesitaba una chance, y cuando llegó vestida de artículo, los estiletazos de su pluma tallaron respeto en todas las miradas.

Sin dudas que era un muchacho especial, se dijo Bertrand, y la frase escapó de sus labios para apuñalarlo por la espalda. Con la vista buscó irremediablemente el cuadro de su hijo Vincent. Estaba en una repisa, y la cercanía con la ventana le iluminaba aun más la sonrisa plena y el rostro de veintitrés años. Con los ojos ya rebalsando de dolor lo recordó como lo que fue. Un muchacho luminoso, cristalino, con un futuro incalculable esperándolo apacible. Pero nada de eso pasó, porque la suerte se desentendió de él cuando el destino cambió equivocadamente de carril. Sería una semana después de esa foto cuando un tremendo accidente de tránsito lo convirtió en recuerdo, en lágrima, en puñal, en noches sin dormir. En silencio.

No mucho después Bertrand conocería a un muchacho pelilargo, cuando un día bajó a buscar municiones para su flamante tabaquismo. Se miraron con ojos cansados y chispeantes de irreverencia. Acodado en la recepción, peligrosamente cerca de la secretaria que no podía dejar de mirarlo embobada, el muchacho se acercó tranquilo buscando algo en un bolsillo.

“Me llamo Benoit Coupet y quiero hablar unos minutos con usted”, dijo y estiró la mano con el atado en ristre.

“¿Cómo supiste que buscaba un cigarrillo?”, le preguntó Bertrand, diez años después.

Benoit contestó con un gruñido indescifrable, mezcla de sorpresa y lucha contra la manga del abrigo que se resistía a soltarle el brazo.

“No importa. ¿Un habano?”. 

Liberaron un par de volutas, y con un mohín de sus cejas Bertrand señaló los diarios que reposaban en la mesa. “Siempre supe que algún día iba a pasar algo de esto”, continuó con su monólogo el viejo director. Inclinándose sobre la mesa, Benoit eligió uno de las tantas tapas que decían lo mismo y la miró con atención. “Joven periodista francés gana el Pulitzer”, decía en grandes letras azules, encima de su foto.

Quedaron en silencio, seguramente pensando que el humo del vicio en el fondo tiene olor a tristeza y soledad. En la redacción tampoco había ruidos, y también flameaban las mismas sonrisas a media asta. Es que todos sabían que era el momento de aplicar la regla más odiosa, la misma que en momentos de recreo comparaban con alguna tía avinagrada por décadas de soltería.

“Supuestamente debería estar contento...”, suspiró Benoit entre voluta y voluta.

Bertrand meneó la cabeza, y separó despacio los labios. Sí, debía estarlo, porque había logrado lo máximo a lo que un periodista puede aspirar. Pero no dijo nada. La primera regla del diario no admitía opciones. A partir de su fundación, cada periodista del semanario “El Pato Encadenado” que obtenga un premio, voluntaria o involuntariamente, tiene que renunciar o ser despedido en el acto. El paso del tiempo morigeró la rigidez de las ultimas tres palabras, pero no pudo ablandar el resto de la máxima.

Otra vez quedaron callados, con el filo de la despedida ya besando ambos cuellos. Benoit se puso de pie con pesadez, y una ráfaga sacudió a Bertrand. ¿Y por qué no terminar con esa tradición estúpida allí mismo? Si esa norma no era más que un capricho prehistórico, y era ilógica, y despótica, y era irracional, y era...

“Debe ser cierto”, dijo Benoit para condimentar otro round con las mangas de su abrigo.

“¿Eh?”

“Lo del letrero”, contestó alzando la voz mientras salía a paso ligero, queriendo ocultar sus pupilas florecidas de emoción.

Ya tenía la mano en el picaporte de la historia grande. Las de Bertrand estaban en los apoyabrazos de su sillón, dispuestas a impulsarlo en su inminente e histórica transgresión. Pero sólo había sido una ráfaga, y volvió a hundirse abatido en el asiento. Las últimas palabras de Benoit le impusieron el pensamiento. Y entonces comprendió todo en segundos, como en una iluminación mística. Benoit tenía razón. Lo del pato y sus cadenas era cierto.

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