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Aquella mañana Bertrand se despertó con un
dolor muy particular. No latía en sus huesos oxidados, ni en otra parte de
su cuerpo lijado por tantas hojas de almanaque. No, no era alguna dolencia
típica de la edad. Era algo profundo, que laceraba lo más recóndito y
visceral de su ser. Algo parecido a esas palabras se masculló a sí mismo
mientras, ausente, preparaba su café irlandés. Luego vendrían los segundos
en silencio contemplando el retrato amarillento de la familia destruida,
la escalera acaracolada, el saludo con la vecina que todos los días lavaba
inútilmente la vereda, los diarios que siempre compraba al pequeño Jacques
en algún punto del camino hacia la redacción, y finalmente el cartel
señorial. Un dibujo estilizado y debajo, en letras rojas, el nombre
mítico: “Le Canard Enchainé”. El pato encadenado.
Contaba la leyenda que la gracia de ese pato
verdoso lidiando con cadenas y grilletes había visto la luz en el atelier
de Monet. Al señor Bertrand Devaux, gerente del diario nombrado en el
letrero, la historia le parecía difusa, pero gustaba confiarla con toda
seriedad a los periodistas ingresantes. Funcionaba como un gracioso
baldazo de la realidad de un periódico consagrado a bucear en los pozos
ciegos del poder más encumbrado. Y a encontrar las perlas que allí eran
escondidas, para luego gritarlas a miles y miles de franceses. El mensaje
siempre llegaba: gobiernos enteros naufragaron en el barro por las
investigaciones de este diario, así que apenas pongas un pie adentro tenés
que estar a la altura del desafío.
La sucesión de sus pensamientos hizo de
embudo y Bertrand resbaló hacia Benoit Coupet. El mismo que en esos
momentos dormitaba en un vagón del subterráneo, mientras dedos tímidos lo
señalaban entre cuchicheos. Es él, el de la tapa de los diarios. Bertrand
sabía que todo eso estaba pasando. Tanto los reconocimientos y el arribo
ojeroso y tardío de Benoit, pero sobre todo lo segundo, porque el muchacho
nunca traicionó a su bohemia desfachatada. Al principio recurrió a los
famosos gritos y maldiciones que bien harían temblar los cirios de una
iglesia, pero aquel jovenzuelo alérgico a la puntualidad no reaccionaba
como los otros novatos. En realidad desde el primer segundo en el diario
fue así. Porque la cuna ilustre del letrero no hizo tragar saliva al
principiante Coupet, de entonces veintipocos años, sino sonreír entre
divertido y desafiante. Aquel incidente inicial valdría una rabieta del
canoso director pero también el pimpollo de una convicción. Algún día y de
alguna manera, este muchachuelo entrará pateando las puertas al tren de la
historia.
El tiempo iría pasando, aquella convicción
entraría en letargo, y Benoit seguiría llegando a cualquier hora. Sus
compañeros no tardaron en tolerarlo también, dado que sus bromas
constantes eran aire fresco entre las cuatro paredes grises de la oficina.
Pero pronto dejaría de ser sólo un bufón. Necesitaba una chance, y cuando
llegó vestida de artículo, los estiletazos de su pluma tallaron respeto en
todas las miradas.
Sin dudas que era un muchacho especial, se
dijo Bertrand, y la frase escapó de sus labios para apuñalarlo por la
espalda. Con la vista buscó irremediablemente el cuadro de su hijo Vincent.
Estaba en una repisa, y la cercanía con la ventana le iluminaba aun más la
sonrisa plena y el rostro de veintitrés años. Con los ojos ya rebalsando
de dolor lo recordó como lo que fue. Un muchacho luminoso, cristalino, con
un futuro incalculable esperándolo apacible. Pero nada de eso pasó, porque
la suerte se desentendió de él cuando el destino cambió equivocadamente de
carril. Sería una semana después de esa foto cuando un tremendo accidente
de tránsito lo convirtió en recuerdo, en lágrima, en puñal, en noches sin
dormir. En silencio.
No mucho después Bertrand conocería a un
muchacho pelilargo, cuando un día bajó a buscar municiones para su
flamante tabaquismo. Se miraron con ojos cansados y chispeantes de
irreverencia. Acodado en la recepción, peligrosamente cerca de la
secretaria que no podía dejar de mirarlo embobada, el muchacho se acercó
tranquilo buscando algo en un bolsillo.
“Me llamo Benoit Coupet y quiero hablar unos
minutos con usted”, dijo y estiró la mano con el atado en ristre.
“¿Cómo supiste que buscaba un cigarrillo?”,
le preguntó Bertrand, diez años después.
Benoit contestó con un gruñido
indescifrable, mezcla de sorpresa y lucha contra la manga del abrigo que
se resistía a soltarle el brazo.
“No importa. ¿Un habano?”.
Liberaron un par de volutas, y con un mohín
de sus cejas Bertrand señaló los diarios que reposaban en la mesa.
“Siempre supe que algún día iba a pasar algo de esto”, continuó con su
monólogo el viejo director. Inclinándose sobre la mesa, Benoit eligió uno
de las tantas tapas que decían lo mismo y la miró con atención. “Joven
periodista francés gana el Pulitzer”, decía en grandes letras azules,
encima de su foto.
Quedaron en silencio, seguramente pensando
que el humo del vicio en el fondo tiene olor a tristeza y soledad. En la
redacción tampoco había ruidos, y también flameaban las mismas sonrisas a
media asta. Es que todos sabían que era el momento de aplicar la regla más
odiosa, la misma que en momentos de recreo comparaban con alguna tía
avinagrada por décadas de soltería.
“Supuestamente debería estar contento...”,
suspiró Benoit entre voluta y voluta.
Bertrand meneó la cabeza, y separó despacio
los labios. Sí, debía estarlo, porque había logrado lo máximo a lo que un
periodista puede aspirar. Pero no dijo nada. La primera regla del diario
no admitía opciones. A partir de su fundación, cada periodista del
semanario “El Pato Encadenado” que obtenga un premio, voluntaria o
involuntariamente, tiene que renunciar o ser despedido en el acto. El paso
del tiempo morigeró la rigidez de las ultimas tres palabras, pero no pudo
ablandar el resto de la máxima.
Otra vez quedaron callados, con el filo de
la despedida ya besando ambos cuellos. Benoit se puso de pie con pesadez,
y una ráfaga sacudió a Bertrand. ¿Y por qué no terminar con esa tradición
estúpida allí mismo? Si esa norma no era más que un capricho prehistórico,
y era ilógica, y despótica, y era irracional, y era...
“Debe ser cierto”, dijo Benoit para
condimentar otro round con las mangas de su abrigo.
“¿Eh?”
“Lo del letrero”, contestó alzando la voz
mientras salía a paso ligero, queriendo ocultar sus pupilas florecidas de
emoción.
Ya tenía la mano en el picaporte de la
historia grande. Las de Bertrand estaban en los apoyabrazos de su sillón,
dispuestas a impulsarlo en su inminente e histórica transgresión. Pero
sólo había sido una ráfaga, y volvió a hundirse abatido en el asiento. Las
últimas palabras de Benoit le impusieron el pensamiento. Y entonces
comprendió todo en segundos, como en una iluminación mística. Benoit tenía
razón. Lo del pato y sus cadenas era cierto.
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